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Orejas

27/09/2013

Higos

Acabo de saber, a través de un ligero estremecimiento de mi móvil, que en Orihuela, su pueblo y el vuestro, se nos ha muerto como del rayo Don Cándido Orejas Llubia, a quien tanto querían. Como un pomo algodonoso de claveles reventones me llena los ojos y las narices el recuerdo de aquellas hondas horas de blanca espera en el terrario de Estocolmo, testimoniando con holgura la larga digestión de las grandes serpientes. Cuántas veces le presté mi calzoncillo para que se diera un chapuzón en la piscina del Palladium, y siempre me lo devolvía impoluto, almidonado y envuelto en una dulce caricia de Caron L’Anarchiste. Y luego el violón, la gamba, la vihuela…, melodías trenzadas, cataratas de notas que barrían el silencio del casino hacia el rincón de los crupieres, para llevarlo desde allí hasta las casas, mecido en el vientre de bolsos vacíos y carteras cartilaginosas. Nos echábamos a la gola nuestro medio litro de café de olla, en la calle del Betún o en el tendejón de La Mula Roja, surtidos con un buen capazo de higos de cuello de dama. Sorbíamos y mordíamos, acordándonos de aquel matarife del Aluche, que indultaba las reses según soplase el ufano viento de su misericordia, hasta que, una mañana, con tal de no sacrificar un ternero que le hacía tilín, se enredó en una fea pendencia de estibadores, de la que sólo supo salir con los pies por delante y la boca en la grava. Orejas, en cambio, debió de expirar ayer en su cama con baldaquín y cabecera bien labrada. La mandó fabricar a imagen y semejanza del que, a su juicio, debió de ser el lecho en que yacieron Tirant lo Blanc y la princesa Carmesina. Yo mismo transcribí la airada carta que le envió, hace siete años, a Don Vicente Aranda, protestando por la infiel reproducción del tálamo que aparecía en su adaptación de la novela. A cambio recibí un electrodoméstico inusual que terminé por regalarle a mi dentista. He aquí por qué no llevo reloj: la muerte nos encuentra siempre remontando la escalinata del segundero y nos clava su flecha de aguja como un estúpido amorcillo de huesos mondos y risa obligatoria. Adiós, Orejas. Aún conservo las botas con que atravesamos los arrozales y la silla del mulo que nos subió a la ermita de San Crispín. De milagro no nos carbonizó un rayo para adelantarle al mundo estas cenizas. Abriré la caja del dominó, como quien descorre el telón de un ataúd, y jugaré una partida con el espejo. Ese otro yo serás un poco tú, bien lo sabes. Luego, gane o pierda, quemaré el juego en el hogar, descorcharé la botella acordada, orinaré de un tirón y llamaré por teléfono a la azafata. Le gustará saber que acertó en el pronóstico y que, al fin, obtendrá la cabaña soñada. Después de tantos años surcando los cielos, a sus pies les sentará bien pisar arenas blancas, refrescarse en la orilla y descansarse en la hamaca. Yo aguantaré hasta donde pueda y, cuando llegue el momento, compartiremos la misma nada.

[Publicado en El Butano Popular el 27 de septiembre de 2013]

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