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la hora de las madres

15/03/2013

virgenleche

Es un teatro pequeño, de marionetas, con un aforo de cincuenta personas. El mejor día para visitarlo, el domingo a las seis de la tarde. El espectáculo va dirigido a niños de entre dos y cinco años, pero la edad fluctúa por arriba y por debajo de tan parcas limitaciones. Las tres primeras filas las forman bancos muy bajos sobre los que se sientan y columpian los pequeños, y la localidades de atrás corresponden a los padres, con el fin de que el bulto de los adultos no enturbie el espectáculo a los más menudos. A las seis menos diez empiezan a llegar las primeras madres, la mayoría empujando el cochecito con la flor de sus entrañas. También entran algunos abuelos con el nieto tomado de la mano, pero padre no hay casi ninguno. Son mujeres de veintitantos a treinta y tantos años, algunas con las ancas forzadas por el alumbramiento, otras con los cabellos alborotados por la responsabilidad mal adquirida, pero la mayoría de ellas apetecibles en la rotundidad de sus redondeces, acentuada por las capas de ropa de última hora. Se inclinan sobre los carritos o para desabrigar a sus hijos, y su grupa resplandece en el horizonte como un planeta recién descubierto a través del erguido telescopio de los deseos mejor madurados. No hablan más que de niñerías y blandas cuestiones primarias, pero sus cuerpos se balancean en firme al son ingenuo de una habanera imaginaria que parece acariciarlas en el desenvolvimiento de cada tarea. Las carnes van y vienen, acunando un suspiro, y las luces comienzan a apagarse entre la inquietud ilusionada de los chiquillos que gritan expectantes. Comienza la función, música y voces, marionetas arriba. El pasmo de los niños se conjura con el rebullir de traseros maternos en la retaguardia. El cuento avanza, muy despacio, sobre el diminuto escenario. Una madre de largos cabellos y piel aún adolescente se levanta tomando a su bebé en brazos y dirige sus pasos a la puerta trasera del local. Cuando uno se asoma, para saber si existe algún problema, la descubre con el pecho al aire, amamantando a su voraz criatura. No hay sonrojo, sólo un mejor acomodo del pezón y la boquita que lo excita y vacía a borbotones. Tengo el otro más gordo, todo lleno, pero sólo le gusta tomar de este. Es un caprichoso. Mira que hasta me puse un poco de pimienta, para que probara del otro. Pero no hay manera. Cuando me duele mucho, me la tengo que sacar. Me da una pena tirarla, con la de niños huérfanos que hay, que pasan hambre… Mis ojos tratan de sopesar la diferencia de calibre entre el pecho emergente y el que permanece aprisionado bajo la blusa. Siento la garganta seca y los labios húmedos, el fuego sube de muy abajo. ¿Y por qué no le llena un biberón? Niega con la cabeza. La pedi dice que sólo pecho, que si acaso, dentro de dos meses ya empecemos a combinarla con el bibe. Si no, tan pronto, se desacostumbra. Es que es un tragón, sentencia mientras lo achucha y le estampa unos besos sin florituras. ¿Y su marido no…?, me atrevo a apuntar, contagiado por su jovial frescura. Ahora sí se sonroja, bajando la mirada, y el rubor de sus mejillas blanquea súbitamente, cobrando una palidez de desamparo. Debe de ser soltera y alimenta el fruto de un amor huidizo o arrepentido. Dan ganas de acunarla a ella. Entro un momento en la sala oscura, en la que las marionetas absorben la mirada impoluta de todos esos pequeños monstruos, y vuelvo a salir con la chaqueta de la mujer, para ponérsela sobre los hombros e impedir que coja frío. El niño duerme feliz entre sus brazos. Me lo acerca para que lo tome. Las cejas pobladas y negras casi se juntan en la arruga que corona su naricilla. Sueña ensimismado, con el pulgar de su mano derecha metido en la boca. Lo acuno tímidamente y la mujer saca a la ligera luz del zaguán su otro seno, repleto e imperioso, y entiendo que en mi boca se halla la vía de escape a todo el malestar que acumula a la altura misma de su corazón. Sorbo tranquilo, con sus dedos enredados en mis cabellos y su hijo entre mis brazos. Pronto sonará la gran ovación que antecede el final de la obra, hasta entonces todavía puedo seguir siendo un ángel blanco.

[Publicado en El Butano Popular el 15 de marzo de 2013]

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