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leche y hambre

07/03/2013
canales

Afuera se derrama una lluvia espesa y perezosa, mientras voy rebozando las croquetas, ligeras nubes de carne enharinada que habrán de crepitar entre hervores de aceite, cuando el pan se entregue a los dientes del cuchillo y el vaso se inunde de agua mansa. He dudado un rato largo antes de revolver la picada con la salsa, porque existe una triple prohibición que impide mezclar la carne con la leche desde antiguo. El viejo libro impide por tres veces juntar la carne del becerro con la leche de su madre, y cada una de estas croquetas se ofrece al mundo como una pequeña transgresión que habré de devorar esquinado en la mesa, como un delincuente. Sin embargo, pocas imágenes desprenden mayor magnetismo que la de la piel femenil bañada en leche, ya sea el cutis de las campesinas de Eisenstein, ya los muslos de las adolescentes de Buñuel, leche de vaca o leche de burra. De niño, al salir de la escuela, compraba un puñado de pastillas de leche de burra. Luego, en el hospital, las enfermeras sólo me daban leche de almendras, hasta que vieron que el hígado andaba bien y puede volver a lo de siempre. Mis abuelos traían botes grandes de leche en polvo de Andorra, pero nunca me gustó disolver aquello en agua, como tampoco me apetece verter los sobres de café instantáneo en tan insípido elemento. En el otro extremo, se dejaban caer espesos goterones de leche condensada en el café y, en verano, se elaboraba con ella un sustitutivo de la horchata. Había probado antes las chufas que la horchata y las dos me han dado sed toda la vida, un poco como los altramuces que vendían en los parques y las ferias. A la vuelta de casa vivía una familia de vaqueros. La primera vez que vi una vaca saliendo de su garaje me pareció tan grande como la fachada de una casa. Cuando uno es así de menudo, se traga sin reparos ese cuento del crío engullido por un buey, aunque nunca se haya creído que alguien haya podido nacer en una col. Si te metías temprano en la vaquería, el olor de los excrementos se embarullaba con el de la leche caliente recién ordeñada y el aroma silbante del café que humeaba en la cocina. La dueña ponía o quitaba la nata, a gusto de cada cual, con una espumadera, pero llegó el día en que ya no se vio a nadie por la calle cargando con una lechera. Ya éramos modernos, nos habíamos acostumbrado al poso del desinfectante de los grandes tanques industriales y hasta el campeón de liga llevaba una marca de lácteos en la camiseta. En España ya no quedaba lugar para el cuento de la lechera, era mejor soñar de balde en la casita de papel y olvidar los mugidos delatores de la vaca lechera que Patino había identificado como el himno más indecente de la posguerra, por encima de ese sol que le daba de lleno en la cara a la pertinaz sequía. La misma vaca lechera que Jaime Camino haría cantar, justo antes de palmarla, al mejor amigo del protagonista de La campanada, esa feroz demolición de la cárcel social en que andamos metidos. Los niños de Camino sí saben qué es una lechera, van con ella para arriba y para abajo durante las largas vacaciones del 36 y hasta un republicano desertor se la lleva a la boca para apagar una sed desesperada. La sed del exilio y el hambre de los que se quedan, un pueblo sonámbulo al que le han arrebatado las fuerzas. Ya emprendidos los cincuenta, con la guerra enterrada bajo los escombros de dos dígitos, al director de fotografía Manuel Berenguer no se le ocurrió mejor manera de representar la corporeidad de la lluvia filmada que simularla con leche. Aquel Madrid famélico, que había sufrido primero el cerco y después el estraperlo y el racionamiento, vio con estupor como, de madrugada, una adolescente corría sin parar por Bailén, desde el viaducto de Segovia hasta la Basílica de San Francisco el Grande, siguiendo a la furgoneta desde la que la encuadraba una cámara y al camión con aspersores que hacía caer sobre ella una abundante lluvia de leche condensada. Uno de los planos más célebres del cine español, que hoy ya casi nadie recuerda. Titánica empresa recoger aquí toda la leche derramada.

[Publicado en El Butano Popular el 7 de marzo de 2013]

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