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caoba

21/02/2013

Scenes-From-a-Mall

A veces, los peces se mueven entre mis pies como trenes eléctricos acelerando al descubrir mi talón de Aquiles. He estado quemando papeles, escritos horribles que nadie podrá saber qué decían. Ha sido un proceso lento y sin emoción, ardían uno detrás de otro, hechos pedazos, en el fondo renegrido de una olla vieja mientras afuera, una maraña de nubes arañaba el ojo de la luna y le hacía llorar unos goterones turbios que parecían el alma licuada de los pájaros. Resulta fácil sentarse a leer esto ahora, cuando el sol ha prendido la luz del mundo como una cerilla, pero anoche nada valía ya la pena. A través del sumidero llegaban sus gritos. Porque debajo del suelo que piso no hay tierra, sino otra vida, y los martillazos de voz iban quebrando, poco a poco, mis tímpanos de vidrio, hasta que no pude oír más y me entretuve en quemar papeles. Si tu boca fuera ojos y tus ojos fueran boca, morderías la luz y masticarías las sombras. No metas más el coñac en la nevera, imbécil. Un caballo hundido en la nieve como un cepillo clavado en la cabeza. Contaba Emma Penella que, a pesar de ser morena, al empezar en esto del cine, a comienzos de los cincuenta, tuvo que teñirse de color caoba. Para el blanco y negro de la época, el cabello moreno pegaba demasiado fuerte y casi todas las actrices españolas lucían el pelo del mismo color. A mí siempre me atrajo la voz de Emma Penella, le daba a su espléndida juventud una hondura intensa; y aclara mucho las cosas que, al principio, siempre le doblaran la voz y le tiñeran el pelo. El cine es mentira y las películas trolas son. De pequeño, quería ser ebanista, por aquello de usar bien las manos y hacer cosas bonitas. Se me quitó pronto la intención porque en casa nadie se dedicaba a labrar la madera. A lo sumo se hizo alguna banqueta y una capillita para una Virgen de la Salud que mi madre trataba con mucho cariño mientras iba menguando la familia. Con el correr de los años, en un viaje a Suiza, descubrí que un primo segundo sí había persistido en su empeño artesano. Había cursado estudios de ebanistería pero, al empezar las prácticas, no tardó en darse cuenta de que tenía alergia a ciertos componentes indispensables para el tratamiento de la madera, y tuvo que dejar la vocación. Se metió a trabajar en una sucursal del Crédit Lyonnais y, cuando llegamos allí, ya era el director de la oficina. En Ginebra encontré la inspiración para muchas cosas, pero era una inspiración reversible, como querer saber lo contrario de lo que ves y escuchas, e ir imaginando la realidad velada de las cosas. Toda aquella claridad y limpieza tan europeas me hacían sospechar los crímenes más abominables y eso que todavía no me había detenido a escuchar la famosa reflexión de Harry Lame en el Riesenrad de Viena y faltaban varias décadas para que pusieran en marcha esa fea celada para empapelar al satánico Polanski. A Byron no lo encontré por ninguna parte, por mucho que me acercara al castillo de Chillon. Mire, ese es el coche de Alain Delon y esas las curvas de Sophie Marceau, su padre hizo mutis sin el forro. No soporto los mimos, de buena gana les daría una paliza. El silencio engendra violencia.

[Publicado en El Butano Popular el 21 de febrero de 2013]

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