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¡Un cáncer te coma!

05/02/2013

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Era la maldición definitiva de los cañís de mi barrio, igual se la decían a un payo que a un gitano, la madre se la espetaba al hijo desobediente y el hijo a la hermana. Lo de cagarse en los muertos ya era jodido, pero desearle al prójimo que una enfermedad le royera la entraña desarmaba al más pintado y, en general, al resto del vecindario nos parecía una atrocidad.

En casa habíamos sufrido en exceso las consecuencias de aquel mal devorador y se hacía muy difícil tomarlo a chacota. Antes de nacer, ya había acabado con dos de mis tíos y, al cumplir los diez años, se había llevado a tres abuelos. Los casos eran tan distintos y variados que terminé por pensar que los médicos llamaban así a cualquier enfermedad corrosiva que fueran incapaces de gobernar y guarecer.

Ver en el horóscopo de las revistas el signo de cáncer representado por un cangrejo disparaba aún más la imaginación, induciendo a pensar que había un crustáceo hambriento allí agazapado, que la procesión iba por dentro. Y cierta tarde, la abuela de un amigo —viva efigie de la bruja de los cuentos— se sentó a contarles a mis padres que a una pariente le habían extirpado un cáncer, que aquello era un bicho que ella misma había visto metido en un bote con formol, algo así como un sea monkey sacado del estómago de una señora.

Unos años después, viendo El rey de la comedia, descubrí que una viejecita de Nueva York lanzaba una maldición muy similar a la utilizada por mis vecinos. El humorista Jerry Langford no se detenía a dirigirle unas palabras a la persona con la que la anciana hablaba por teléfono y ella, que hasta entonces sólo había tenido halagos para el cómico, cambiaba radicalmente de humor y se desquitaba gritándole: ¡Así pille usted un cáncer!

En una entrevista publicada en Playboy, John Huston contaba que había visto varias veces la película de Scorsese. Primero le irritaba, pero luego se fue dando cuenta de que aquello era la vida real, las tripas de la calle y del mundo del espectáculo. Y yo entendí que el cáncer era de lo peorcito que podía pasarle al populacho individualizado, una jodida putada, morirse rabiando, en carne viva. Lo que nadie quiere para sí mismo y sólo un instinto brutal y sin cortapisas puede hacerte desear a los demás. Un instinto que casi todos hemos adormecido con la morfina de la educación y el miedo al castigo bumerán, ese terror latente a que nos hagan probar nuestra propia medicina.

Oíd cómo resuena el martilleo constante de la amenaza del dios medicina, que dictamina nuestro infierno y ofrece penitencias y salvaciones a precio de mercado. ¿Fuma usted? ¿Come fritos? ¿Bebe alcohol? ¿Utiliza en exceso el teléfono móvil…?

Hubo un tiempo en que mi chica se me quedaba mirando con un enigma en las pupilas. Tosía, con el cigarrillo entre los dedos, y me decía: “No te voy a durar ni dos telediarios”. “¿Por qué?” —inquiría yo, y ella sonreía. Tenía razón, me dejó y empezó a salir con un concejal del partido popular. A ella la perdoné pero a él, por supuesto, le deseé que se lo comiera un cáncer.

[Publicado en El Butano Popular el 5 de febrero de 2013]

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