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balcón

04/02/2013

DZ

 

Me asomé al balcón

y en la plaza no había más que un perro

vagabundo y silencioso

que hundía el hocico

entre la hierba.

 

El único perro libre de collares,

nombre y dueño

que he visto

en este exilio pasajero,

en esta vulgar

y enferma

disidencia.

 

Presos en casas,

pisos,

patios y perreras,

esclavos de leyes,

planes

y aparatos,

separados forzosamente de los gatos,

castrados

con mordaza y cirugía,

vendidos

por su casta y genealogía,

inyectados,

gaseados

y,  al fin, incinerados,

los perros de este mundo

tan humano

han olvidado la luna

que los guía.

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