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Sonsonete

31/01/2013

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La noche se pudre muy despacio, ahí, en la plaza, con su cielo salpicado de gusanos que todo lo quieren y todo lo matan. Me reconozco en el espejo de la luna, que me devuelve su reflejo despiadado, y el maloliente camión de la basura se para a recoger su premio, que traga levantando mucho el mentón, para luego eructar un vaho de dióxido.

Parpadean las luces amarillas de un par de semáforos y una brisa zozobrante de aguanieve serpentea entre las columnas de la gasolinera vacía de coches. Al otro lado de la estrecha avenida, el fosco escaparate de la tienda de colchones exhibe somieres articulados y plegables como esqueletos exhumados del descanso que nunca llega.

Por la tarde, en el bar, sobre la mesa, he abierto este cuaderno y he tratado de entender por qué escribo lo que escribo, por qué leo esos libros tan extraños. Veía pasar los viajeros que escupía la estación a cada rato, mientras un fondo de voces andaluzas corrompía el silencio con sus cantos menguados y sin eco. La caña flotaba entre mis dedos, con su espuma desbravada temblando sobre un oro de orines aguados y fríos.

—Yo, si me ahogo, que sea en el mar, no en el río, que ahogarse en el río es de tontos.

—¿Y qué más da? Si todos los ríos dan al mar.

—Morir por morir, que sea a lo grande, entre ballenas, delfines, tiburones.

—Aquí no hay más que boquerón y sardina. Esto más que mar es un bar de pescaíto frito.

—Ponte unos caramales crujientitos.

—¿Y una de rusa?

—No, que hace fresco. Otra mediana.

El sabio aquí pide botella, el barril de erupción lenta echa a perder toda la savia. Como una siringa añosa, surcada por mil cicatrices, derramo gota a gota mi caucho de flojas ideas sobre la cuadrícula. Garabateo insipideces.

—Señora, que no se puede pasar sin billete!

—Guapo, dame un euro, que se m’ha muerto un primo.

—No llevo.

—Anda, chocho, dame un euro…

Es gorda y oscura como una ciruela que empieza a secarse. Empuja un carrito de crío como quien da empellones a una carretilla de escombros que desearía ver arrojados en cualquier cuneta. ¿O quizá soy yo quien lo desea? Todos le hacen el vacío, llevándose las manos a los bolsos y los bolsillos. Deja de exigir su euro y continúa vociferando a alguien que la escucha al otro lado del teléfono móvil. Cuenta que un viajero le ha empujado y le ha dejado sin billete.

En el fondo del bar, un cliente le pasa la llave de los urinarios al siguiente, mientras la chica de la limpieza, con la figura humillada por el arrugado uniforme fosforescente, rememora la vileza de antiguos contratos frente al brillo apagado de una tapa de olivas.

Pliego velas, enfilo la salida con ojos calmos.

—Dame un euro, guapo…

Las escaleras buscan un sol mustio y, al salir, me palmea la cara un viento seco de cartulinas vivas y picudas. El mismo que araña el metal de las placas de los vados, las señales de tráfico y las ramas deshojadas de los árboles en esta noche acorazada. Yace aún el tocón de una palmera muerta sobre el parterre de tierra revuelta y oscura, cuajada de finas raíces. Por las calles ya no hay perros, deben de estar todos encerrados o muertos. Me acuclillo sobre un banco y aúllo una letanía larga y sombría como mi polla.

[Publicado en El Butano Popular el 31 de enero de 2013]

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