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Hervores

24/01/2013

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Hay un cierto revuelo de letras sobre la mesa, mientras el cigarro se consume en la muesca del cenicero, como un balancín vencido del lado izquierdo, sobre el que ha ardido un niño vuelto ceniza. El café, ya frío, espera su desenlace en el fondo de la taza. Servilletas sucias, vasos pegajosos, tostadas rotas. Tumbado en el sofá, veo a la vecina recoger la colada y oigo un murmullo de críos a la carrera. Una ambulancia hace valer su urgencia en la esquina, mientras un sol sin fe se deja atrapar entre una maraña de nubes deshilachadas que no llegarán a romperse en lluvia. Todo es mentira, como la voz de los sapos que me roban el sueño y la razón a las tres de la madrugada o la música infame que se cierne sobre nosotros en la cola del supermercado, mientras las lámparas derraman su insulsa claridad sobre los escritorios de las oficinas en las que tu alma ha sido sustituida por un volcán de impresoras. Dame amor, le pide la esquina al perro, y recibe a cambio una llovida. Dame amor, suplican los buzones, y son acribillados por folletos de viaje y cerrajerías. Del fondo oscuro de un garaje emerge un coche grande, con los cristales tintados, que deja pasar a una vieja abotonada y corva. Aletean las primeras páginas de los diarios y las revistas, aplastados por pedazos de piedra y metal sobre las baldas del quiosco. La acera es la piel desechada de un reptil que se fue de vacío al otro mundo. Paso, una y otra vez, junto a mujeres magnetizadas por el muestrario de pisos en venta que exhiben los escaparates de las inmobiliarias. Se abrazan a sí mismas imaginando su vida en otra parte, corazoncitos de pollo que el rey de la muerte asa a la parrilla en la cola de un cometa que flamea en su huida infructuosa. Quisiera dar balonazos sin parar contra los vidrios de ese negocio, hasta resquebrajarlos, para que el viento helado de la calle se lleve esa bandada de carteles hasta el fondo de una región inaccesible de la inopia. En la gasolinera venden hielo y sobre mi espalda cargo un muerto de hace más de veinte años. A veces se agarra a las farolas y me impide seguir avanzando, y en otras ocasiones me tapa los ojos con las palmas de sus manos, obligándome a trastabillar de un lado a otro, tropezándome con todo el mundo. Las terrazas de los bares, convertidas en carpas con antorchas, me ven pasar, vacías y limpias; la ceniza se disfraza de recuerdos. Por la tarde, paseando por el parque más grande de esta ciudad, veo saltar de un lado a otro los monopatines, me cruzo con ciclistas y atletas a los que los perros ladran para magnificar su propio peso. En un rincón del estanque se refugian los patos y los cisnes, ateridos, circunspectos, como llamados a la vista de un juicio horripilante. Desde allí arriba, el mundo es un aborto endomingado que se disuelve suavemente en una nube de vitriolo. Desde aquí abajo, no hay más realidad que la esfinge, un cuchillo que se clava en los tímpanos del tiempo y permuta las órbitas celestes con el único fin de hacerme desaparecer poco a poco. En mi boca sólo hay moscas, aquí os dejo su zumbido, mientras hierve el caldo de la nada sobre la blanca opacidad de un ojo ciego. Dame amor, implora la pantalla, pero sólo queda esto.

[Publicado en El Butano Popular el 24 de enero de 2013]

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