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Imposturitas

29/11/2012

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Ahora que no hay toros, la arena y los cornudos hay que salir a citarlos al desierto, donde cae de vez en cuando algún inopinado jarroncito de agua fría. Del susto, al Moisés democratacristiano se le han quedado varadas las barbas postizas en una duna del fango de la realidad, y se asoma ahora, compungido y receloso, al balcón de los pírricos, como un Calimero rebozado en vómitos callejeros.

A sus pies yace el becerro de oro de la independencia prometida, con las patitas rotas y estampado en el vientre el “made in China” que identifica los mejores cuentos para amodorrar al rebaño autóctono. Unos cuentan ovejas y otros mentiras para dormir a la plebe, pero a veces el opio se desbrava y surte efectos secundarios que, si se tercia, cuartean la masa y te escatiman el diezmo, y hasta el tres por ciento.

Al honorable patriarca de fireta la mayoría se le ha quedado tan pequeña que, en la descompresión, le han saltado los tapones de los oídos y hace como que empieza a querer escuchar a aquellos sobre los que había puesto el pie, tijera en mano, con intención de esquilmar hasta el último vellón de sus bolsillos.

Economista de carrera, enganchado a las ubres de la res pública desde el primer virreinato convergente, este guía crepuscular busca entre sus pies de barro dónde han ido a parar la voz y la voluntad de un pueblo que creía traer atadas al cinto con una ristra de banderolas estrelladas. No reconoce ni uno solo de los errores que le han llevado hasta esta orilla sin mar y, detenido ante el erial amargo de su soberana insensatez, desbaratado el trampantojo con que pensaba perpetuar su dictadura de votos, sólo defiende su derecho inalienable a seguir conduciendo la tribu camino del precipicio.

Melómano de guante blanco, quería cabalgar cual valquiria a lomos de la burrada secesionista, convertido en enxaneta estelar del populacho, pero hoy ve tan menguadas sus fuerzas que se esfuerza en tender la mano paternal, tratando de amansar y hacer suya la fuerza retozona del jabalí de Erimanto.

La bestia, atocinada de tanto alimentar su orgullo frente al espejo del autoengaño, busca con tesón menestral la mejor impostura para consumar el apareamiento. Prueba a olvidar su zurdez —siempre hay un camino a la derecha— atando todo su lastre laico y revolucionario a las cuatro barras que sirven de sustento a una entelequia.

La transición nacional se convierte en transacción hormonal. Ser soberano es cosa de hombres, y ya se sabe que detrás de cada hombre de estado sin estado se esconde un gran mojón de promesas incumplidas. La hez por la hoz, el martini por martillo y el erario público por la república. En un hotel u otro, llegará el acuerdo para formar un gobierno que evite a los catalanes tener que casarse con otro enano para hartarse de reír. Con un par de burros nos basta.

[Publicado en El Butano Popular el 29 de noviembre de 2012]

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