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una oportunidad para crecer

05/11/2012

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Cuando el gallego apestoso todavía hacía de vientre sin tubos, la gente inteligente de por aquí ya se preguntaba por qué los catalanes aspirábamos siempre a tener un único gran representante de cada cosa. Un gran poeta, un gran novelista, un gran escenógrafo, un gran equipo deportivo… ¿Por qué los poderes fácticos del catalanismo invertían todos sus recursos en levantar en volandas a ese gran lo que fuera, dejando de lado al resto, como si el país no diera para más?

En virtud de este proceder, ésta fue la tierra del Barça, Espriu i la Caballé, del Barça, Marti i Pol y Sopa de Cabra y así, dale que dale, hasta nuestros días, en que cada vez hay más Barça y menos de lo otro. Una lógica monoaural que sigue funcionando dentro del plan institucional de implantación progresiva de la independencia, vigente desde hace décadas, pero que ha pegado un acelerón en los últimos meses, aprovechando el hundimiento quevedesco de la tramoya española.

Hasta el año pasado, los reporteros de la televisión catalana que cubrían los eventos castellers se comían los mocos, grabando un programa a la semana que el espectador interesado cazaba al azar de un horario intempestivo. Sin embargo, a lo largo de las últimas semanas, en mitad del espasmo financiero, erradicadas las corridas de toros y habiendo declarado la UNESCO esta actividad vertical patrimonio inmaterial de la humanidad, la maquinaria se ha puesto a la máxima potencia para que els castells sean el deporte nacional del futuro estado catalán.

En cada informativo de la televisión pública catalana se informa sobre algún supuesto logro casteller, normalmente el alzamiento y desmantelamiento ordenado de alguna torre humana de gama extra. Se habla de lo multitudinario de las celebraciones, de la gran dificultad que implican y de la enorme admiración que despiertan en países como Chile y China, donde ya existen colles castelleres autóctonas. Som collonuts!

Me parece estupendo que las gentes de bien fortalezcan el cuerpo y el espíritu practicando este tipo de actividad social, cultural, deportiva o como quiera llamársele. Siempre recordaré lo mucho que me impresionó, en mi pequeñez de poquísimos años, el sonido de la gralla y el alzado del primer castell que vieron mis ojos, en la Fira del Gall de Vilafranca (siempre he pensado que el pollastre capó representa mucho mejor el espíritu de los catalanes que el famoso burrito). Pero de ahí a hacernos comulgar con rueda de molino y querer traspasar —una vez más— a la masa el interés de unos pocos, para imponernos una identidad inventariada, hay un trecho tan grande como la poca vergüenza de sus artífices ideológicos e mediáticos.

Aplaudiría con ardor crepuscular la institucionalización de tamañas torres humanas si se mostraran en todo su significado feudal, hoy tan imperante como soterrado. Si la abultada masa que forma la piña estuviera constituida abiertamente por peones, operarios y obreros; si el tronco se levantara sucesivamente sobre gentes de las clases medias y profesionales liberales, hasta cerrar con los altos burgueses del pomo superior. Y que hasta arriba sólo pudieran trepar los vástagos de la nueva aristocracia catalana: un Pujol, un Fainé, un Maragall…, con peligro de que los de abajo se menearan, quebrándose en el desplante la quijada y los sesos.

Aceptaría este arranque de sinceridad, en el que cada fiesta castellera serviría para recordarnos el lugar que ocupamos en esta sociedad tan dependiente de la independencia de los de arriba. Teniendo claro que el folre, que ayuda a elevar un poco más el tronco a expensas de la mayoría, estaría formado por las fuerzas de orden público, los comunicadores e intelectuales que dan cobertura a esta filosofía de país.

Aún así, habría quien continuaría mirando con suspicacia una actividad que pone en riesgo la vida de los más pequeños, que son quienes tienen que remontar, con la única protección de un casco chichonero, la montaña humana hasta su cumbre. Al catalán de pura cepa le preocupa que maten un toro en la plaza, pero le parece hermoso que un chiquillo corra el riesgo de caer desde semejante altura.

Para evitar toda reticencia, propongo que cada alta familia catalana apadrine un enano —también catalán—, que cada colla castellera dé trabajo a esta minoría, por otra parte tan acostumbrada a las penalidades. Sólo así estos hombres y mujeres tendrán un empleo digno y admirable, y los vástagos de la nueva aristocracia catalana no correrán riesgo de desnucarse. Esta es una oportunidad para crecer como pueblo, estado y seres humanos, la medida áurea a través de la cual hasta nosotros, los enanos, tocaremos el cielo.

[Publicado en El Butano Popular el 5 de noviembre de 2012]

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