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el paraíso ecologista

23/10/2012

ESTAFETA_01

En los tiempos en que aún no tenía claro que mi niñez llevaba fecha de caducidad, el oficio de trapero ambulante aún persistía. Los vi pasar muchas veces, tirando o empujando sus carros bajos de dos ruedas. A veces rebuscaban entre los desperdicios amontonados en la riera que pasaba por debajo del puente del ferrocarril, pero otras muchas eran los vecinos los que les llamaban desde la puerta de sus casas para que fueran a llevarse cualquier trasto o algún electrodoméstico averiado. No hacía falta el ayuntamiento para mercar en este negocio.

En el 67, cuando Serrat publicó su primer disco, su séptima canción se llamaba justamente El drapaire, un homenaje a los traperos de barrio, especialmente numerosos durante la posguerra. En catalán, drapaire lo mismo designa a estos chamarileros andadores que a los industriosos propietarios de telares familiares, dos oficios ya extintos en nuestra tierra.

Muchos verán con buenos ojos la desaparición de una labor para ellos miserable, que depende enteramente de los deshechos y las sobras. En la España gris y ahogada de la posguerra, este tipo de ocupaciones conoció las más menesterosas variantes. Mientras por las barriadas obreras del cinturón industrial barcelonés se paseaba un viejo anunciando “¡El drapaire de la pell de conill!”, y pagaba unos céntimos por cada pellejo de conejo muerto que le entregaba el vecindario, en un pueblecito de Córdoba había quien alquilaba un hueso de jamón que las amas de casa sumergían en el caldo por unos minutos, para que su sopa sin sustancia tuviera sabor a algo. De caldero en caldero, iba perdiendo el fundamento, como la vida.

Los oficios no reglados, que no dependen de la tenencia de un local ni del tejemaneje burocrático que sirve para untar a las autoridades municipales, siempre fueron la tabla de salvación de los más desprotegidos, de quienes dependen enteramente de su propio cuerpo para subsistir. Cerca de mi casa, justo al otro lado del puente donde se encontraba aquella riera, había asentado casa y negocio un chatarrero al que le íbamos a vender los periódicos viejos y los cascos de botellas de champán acumulados en casa, y el dinero nos daba para un cine o algunos tebeos. Las dos o tres familias gitanas que vivían en mi calle trajinaban con chatarra y a veces se empleaban como temporeros en Aragón o Lleida.

Ése era el verdadero sentido del reciclaje, permitir subsistir a quienes nada tenían, mercando con los despojos y excedentes de la mayoría. Pasados los años, la mafia legal, aliada con la soberana estupidez del ecologismo pesebrista, han ido acorralando a los traperos y pequeños chatarreros en beneficio de las empresas de reciclaje.

El negocio es perfecto. El ciudadano obedece ciegamente, distribuyendo sus desperdicios en bolsas separadas y, en muchos sitios, paga un plus al servicio de recogida de basuras, todo ello merced al sentimiento de culpa que han descargado sobre su conciencia las interesadas asociaciones de defensa medioambiental, haciéndole creer que, de esta manera, sus hijos y nietos vivirán en un planeta más sano y respirable.

La administración recauda su dinero, las empresas de recogida y transporte de residuos se lucran y van generando nuevos protocolos que la legislación impone a su medida, leyes que acaban penalizando con fuertes multas a todo aquel que se dedique a buscar y reciclar esos mismos materiales por su cuenta y riesgo.

Tal vez muchos piensen que prohibir y multar el trabajo de los antiguos traperos o ponerle cerrojo a los contenedores para que los vecinos no puedan rebuscar en ellos las decenas de kilos de comida que los supermercados tiran a diario son medidas que velan por la dignidad y buena convivencia. Pero puede que no, puede que se trate simplemente de mantener limpio el escaparate y conservar a buen recaudo un negocio establecido sobre la base de la connivencia entre los ladrones del sector público y los del privado. Puede que todo consista en mantener las apariencias en un mundo que se hunde.

Pedir a un señor que rebusca en las basuras que pague los muchos euros que cuesta una multa para mantener vigente ese negocio y las buenas formas no sólo habla bastante mal de la dignidad de quienes crean e imponen esas leyes: acaba por hacernos pensar que en la administración pública medra una buena cantidad de hijos de puta y algunos de ellos, como Hulk, hacen del verde su bandera.

[Publicado en El Butano Popular el 23 de octubre de 2012]

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