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Uno

20/10/2012

Duermes sin dejar que la luna bañe con su blancura azulada los rincones de tu dormitorio, sellado por el párpado pesado de las persianas y el velo opaco de las cortinas. Pero nada impedirá que su luz gobierne la marea de tus sueños venideros. Soñarás, sí, entreabriendo levemente la boca como si un dedo –mi dedo- se hundiera poco a poco en ella, colándose entre el filo de tus dientes, hasta acariciar la humedad caliente de tu lengua. Tus labios se proyectan, con ese diminuto hueco en medio, esbozando un suspiro, un beso… Sin saber por qué, separas lentamente los muslos, que arden abrasados por un sol interno, un sol que es mar, sudor y miel, que ahora es el centro exacto de tu mundo, tu mundo cuerpo abierto por arriba y por abajo, con mi dedo y una pequeña bestia rosa, un anfibio valiente y violento que viene a anidar en tu océano de aguas bravas, que se derraman al compás de tus gemidos sin eco.

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