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meridiano

20/09/2012

La sangre de los peces, herida por la sal, forma antorchas que iluminan tus ojos en el cráter de la muerte. Deslumbrante oscuridad la de las piscinas, perros lamiendo el miedo y aullando noches enteras en el borde vibrante de los trampolines. Tu cabeza atravesada por la duda, supurando un pasado que nunca cauteriza. Despliegas el alambre de una percha tratando de volverlo rectilíneo y estiras el brazo para recuperar el calcetín caído en el patio de luces. Al recogerlo, descubres que habita en él una tortuga tan antigua como la luz de los horizontes. El reptil te mira fijamente, entre sollozos y quejidos de gitanos. Retumba el estallido de diez bombonas, en mitad de un pueblecito no muy lejano. Las esquinas se comban y un columpio te trae la voz del mar, vacío de peces, herido por la sal, hecho un guiñapo.

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