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la violencia desnuda

08/09/2012

Contaba Carpenter que su Halloween colocaba a los personajes frente a la situación de mayor vulnerabilidad que puede experimentar el ser humano. Michael Mayers (Will Sandin/Tony Moran) ataca, cuchillo en mano y a cara cubierta, a sus víctimas desnudas. El asesino, armado y vestido de pies a cabeza,  aniquila a los amantes en cueros que carecen de toda defensa.

Al filo de la medianoche (10 to midnight), plantea una situación casi opuesta. Si bien la primera víctima de Warren Stacy (Gene Davis) es una pareja de enamorados que fornica, a flor de piel, en la trasera de una furgoneta, aquí  el asesino es quién se enfrenta siempre desnudo –aunque con guantes y navaja- a sus víctimas casi siempre vestidas. Lo hace para no manchar de sangre sus vestiduras. Y, aunque cualquiera puede darse cuenta de que las huellas de sus pies ensangrentados enseguida lo delatarían, este razonamiento no llega a mayores en una película que apoya toda su efectividad en el peso de lo simbólico.

Enmarcado dentro de la corriente de cine de justicieros urbanos de los primeros ochenta –Leo Kessler, el policía interpretado por Charles Bronson, no se cansa de repetir que la legalidad sólo debe respetarse cuando coincide con la justicia-, este largo tardío de J. Lee Thompson nos retrotrae a la imagen atávica de un hombre desnudo acosando y destripando a diversas jovencitas, en una de esas producciones donde no importa demasiado que mueran unos cuantos secundarios si los protagonistas consiguen salir airosos del meollo.

La última secuencia, en las que el psicópata humillado –le han echado en cara que se pajee usando un masturbador y revistas porno- corre en pelotas tras la hija del inspector, justificaría por sí sola todo el entramado de la película. El depredador nocturno a punto de cazar a su víctima más deseada. Un lecho húmedo de sordidez y desencanto corroe la esperanza del espectador a lo largo de todo el metraje que, desde los primeros minutos, se encarga de recordarnos que, en esta sociedad podrida, nadie está a salvo, y mucho menos quiénes intentan evadirse del mal aposentando su abatimiento en las butacas de un cine de medianoche.

 

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