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ventanilla

02/09/2012

La mayoría piensa que por estar una siempre por arriba, yendo y viniendo, le pierde el aprecio a las cosas. Y es al revés. Yo respeto los sitios como la que más. Cuando estoy en un lado, como lo que se cocina en ese lado, y cuando voy al otro, lo del otro, que el credo empieza en el estómago. Me he pasado más de treinta horas sin sentarme en la tacita, esperando a volver al aeropuerto donde había hecho la ingesta. Que la gente es muy ligera y traga aquí para luego soltarlo allá; aquí come lo de allá y allá lo de aquí, sin ningún miramiento. Pero yo por ahí sí que no paso, si me tengo que esperar, me espero, notando cómo se me hace duro o blando lo que cargo en la tripita, que esa también es una manera de hablar con tu cuerpo serrano y saber lo que te da y lo que te pide, digo yo. Cuando se me hace todo una bola, me dice la tripa que es mejor no salir de marcha esa noche, porque la fiesta irá de mal en peor, como la gaseosa destapada en la nevera. La bola dura es como un odio echado a secar, que hasta que no se saca te sigue fumigando las endorfinas con un cabreo fatalísimo. Aunque una es cien por cien profesional y sonríe aunque lleve dentro las amarguras del infierno. Al fin y al cabo, también hay cosas bonitas. Por esa ventanilla he visto muchas noches geometrías arborescentes y hasta luces que no sabemos de dónde vienen. Lo de la ingesta, las geometrías y las endorfinas no lo digo yo, me lo enseñó un sobrecargo que había estudiado mucho, aunque comía mal y no le importaba soltarse en pleno vuelo. Fumar casi no fumo, pero me encanta la defensa del liguero y subirme a cantar al karaoke. Soy de Lérida.

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