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vaho

09/03/2012


Mientras te secas con esa toalla enorme y esponjosa, aún me quedo dentro de la ducha para ver desaparecer, en un suspiro, la huella que ha dejado el soberano peso de tu grupa sobre el vidrio verdoso de la mampara. Aliento cándido de posaderas rotundas, vapor de amores llovidos entre tus piernas, primavera de finales de invierno, ojos de miel, labios frutales, sereno accidente de la media tarde, flor de temporada envuelta en una toalla que, tirada en el suelo de este baño inmenso, podría servir de lecho a nuestros ecos fluviales. Pero prefieres huir al dormitorio. Suena el teléfono y no te atreves a responder conmigo en el cuarto, en la casa. Hundes la mano en los cajones, escoges qué ponerte. Yo ya me he vestido. En un suspiro, el ascensor me devuelve a la noche. La luna, casi entera, se ríe de mí, beatificando un semáforo ciego. Apenas hay tráfico, apenas hay vida. Crece un rumor de aguas locas bajo las rejas de las alcantarillas. En algún lugar, debe de haber tormenta. Miro hacia atrás y diviso los relámpagos. Todavía te llevo en la boca.

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