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lana

12/02/2012

libelula

Trenes que van y que vienen, silbidos y silbatos, narices heladas y chocolate caliente. Los gatos me rodean en la estación abandonada, a uno le falta una pata, pero se mueve con la misma alegría que el resto. Alguien sigue viviendo en el edificio que abandonó –si alguna vez lo hubo- el antiguo jefe de estación. Vagones y viento bajo un cielo blanco de nieve caída anoche, vuelta hielo en la madrugada. Tienes una peca en el hombro, ojos de miel y dos hemisferios de leche recogidos bajo un jersey de lana gruesa. Dices que no me oyes, pero es mentira, sientes mi aliento, sílaba a sílaba, entre las escarpas de esa música horrible. No iremos al cine, ni daremos ninguna vuelta. Te acordarás de mí antes que el sol separe tus labios y cierre tus ojos, con un dedo en cada botón de deseo abierto a ese fugaz desequilibrio que casi nunca te concedes. Yo atravesaré el bosque, bordeando el camino de listones, raíles y gravilla, hasta dar con este refugio felino. Los trenes silban su peligro, cargados de gente que busca el calor de sus hogares, sin antojos. Te olvidaste de sacar la merluza del congelador y bajas al bar de la esquina. Sólo tomas café, no te decides. Junto a los cines, un restaurante de plástico rojo. Una muchacha lleva un jersey casi igual al tuyo, pero menos surtido. Tu peca tiembla bajo la ducha, seguro. Tu peca que nunca peca. En el retrete, el café humea de mi boca a la taza, una lágrima sólida adherida a los lagrimales. Es una pasa, dicen, no pasa nada.

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