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libro de reclamaciones

10/02/2012

 

En la cafetería que hay junto a la Escuela Industrial, se junta una cháchara musical de niñas de diecisiete años. La mañana es clara, pero fría, y el café largo, tomado a sorbos cortos, ayuda a vencer la mansedumbre. Un bolígrafo rojo rueda hasta los pies de mi mesa. Al recogerlo, veo que le falta el tapón y trae los bordes algo carcomidos. Una sonrisa entre rizos negros alarga la mano, agradecida. Rizos largos, sonrisa más larga todavía. El café se acaba pronto, mi cuaderno se llena de pequeñas murmuraciones.

Al llegar a casa, veo que ya han publicado la entrevista que me ha hecho Frank G. Rubio para El Pulso, en que debería haber hablado menos de mí mismo y del editor, y más de la novela. Pero mi boca se agranda por los dedos.

Por fortuna, me espera también el mensaje de una amiga que se queja porque “en Quemar el Cielo no hay ninguna página que advierta al lector de su contenido y que le recomiende lugares y hora para su lectura. No es de recibo leer la página 60 en un autobús a las 8 de la mañana, sobre todo teniendo que trabajar todo el largo día. Después del bus el metro…pffffffff…” Y yo que me sonrío y agradezco la reclamación, mientras recuerdo el sabor de las flores que crecían en un tiesto verde, que te quiero verde, y sólo diviso el polvo del coche que la llevaba.

 

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