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19/01/2012

 

Alguien se acercó a la casa,

subió las empinadas escaleras,

llamó al picaporte

y, apenado,

me dijo: “Ven a verla,

ya está muerta”.

 

¿Muerta de qué

y cómo

y cuándo?

¿Muerta por qué?

¿Y por qué Ella?

 

Su cama la rodeaban

los vecinos,

rezando y murmurando

sin respuesta.

 

Amortajada

con un vestido largo

hecho de trapecios

y tristezas,

los ojos claros

y llorosos,

diez alfileres

sangrándole las yemas.

 

Le temblaban los labios,

las mejillas,

viva todavía,

viva y perfecta.

 

El gato le husmeaba los zapatos,

y el sol se derramó

como la brea,

barriendo

casas, bosques,

ceniceros,

hasta dar

con todo

en el mar

de las ideas.

 

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