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aires

01/01/2012

 

Aprender, no he aprendido nada. Entender, tampoco. Una lluvia sucia, infecunda, empapa los paisajes de mi mente. Ayer, al salir a la calle, después de las uvas, el mundo olía a mierda. Los coches pasaban rumbo al sur, berreando su música, camino de una carpa de licores a granel y ritmos galvánicos, antioxidantes. A mi vecina le centelleaban los copos de confeti sobre el escote, había cambiado de lugar las alfombras del rellano para gastar una broma. Mi vecina se deja, a veces, la llave puesta en la puerta y tengo que pegarle ahí un cartelito con celo para que sepa que se las he recogido. Tienta entrar a echar un vistazo, tienta el confeti en ese valle de sudores templados, tienta pensar en mañana. Pero sales a la calle y huele a mierda. Barcelona me repugna cada día un poco más, lo reconozco.

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