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León

20/12/2011

 

 

Tren, monte, valles y llanuras para llegar a León, bajo un cielo generoso en soledades. Aunque llevo lecturas, me sumerjo en música y pensamientos. Generosa acogida, cálido encuentro, y me llevan a una casa de ensueño, con jardín alfombrado de hierba, árboles y huerto. Aquí, de noche, se ve el cielo, y, de día, los pájaros se acercan hasta la misma ventana a través de la que uno mira y remira.

León de brazos abiertos, presentación de un poemario, libros, vino y manjares, un frío que resguarda tu orfandad entre franela, mientras dos criaturas maravillosas dibujan, ríen y juegan. Duncan, un cachorro menudo y lanudo, me lame las manos. Catedral, historia, librerías de viejo, una imprenta donde sirven cuentos navideños…

Se acerca la noche del estreno, llega una caja con los libros, nervios y sobresaltos. Empieza lo que debía empezar. Alberto, mi mentor, que perfila una estampa de Quiroga en Misiones, me presenta a la sosegada concurrencia. Habla de la novela, de lo que ve en ella. Sin Alberto, este libro no habría llegado aún a ser libro. Sin Alberto y sin Sandra, que le ha dado portada y hechuras, y tampoco sin Rafa, que viene y va, apareciendo y desapareciendo, como en esos gags abruptos de los Monty Python. Yo no sé muy bien lo que me digo, trato de no mentir, me arrojo en brazos del humor, único salvavidas a mano. Hablo con los pies. Preguntas, risas, firma de ejemplares.

 

– Es para mi hija, se llama Sara.

– ¿…?

– Tranquilo, tiene veintidós años.

 

Gracias al cielo que arde  y a Paco, el librero que ha cedido este espacio, sobrevivo a este bautismo de fuego sin leyes. El frío callejero me parece una bendición, el Ribera del Duero una sacra medicina. Oigo acentos vascos, mezclados con los leoneses. En el lavabo, ese individuo que me mira desde el fondo del espejo me saca la lengua. Llevo un ejemplar en el bolsillo del abrigo, silbo algo de Serrat y alguien lee por ahí una nota en el diario. Dormiré un poco, pero, antes, Duncan me lamerá los nudillos.

 

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