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eléctrica

25/11/2011

 

Barba tupida y ojos negros, el chico del locutorio me imprime los billetes mientras su compañero tramita un envío de dinero.

 

– ¿A quién le mandas el dinero?

– ¿Qué?

– ¿Cómo se llama la persona a la que le envías?

– Elvis Presley –responde el africano y el chico repite el nombre, sin inmutarse, al tiempo que lo teclea.

 

Cuando salgo al gris plomizo de la plaza, allí donde, una semana atrás, sólo había charcos y una chica rellenita que los sorteaba con estética de flamenco rosado, no hay nadie. Cruzó semáforos y espero el autobús paseando la mirada sobre una modelo de Bershka con cara de sacudida eléctrica.

Esta mañana, al bajar la basura, una madre ayudaba a orinar a su hija de tres años, sentándola sobre el bordillo, apuntando el chorrito hacia la rejilla que lame el asfalto. Luego, el panadero más joven me ha hablado del asadero de pollos que acaba de abrir su novia en la acera de enfrente. La modelo de Bershka no sabe nada de todo esto, me mira directamente a los ojos, con una intimidad sin prolegómenos, como si yo hubiera accionado la bala vibratoria que le dilata las pupilas y entreabre la humedad de sus labios.

Alguien debe de estar arrastrando, ahora mismo, un caballo muerto mientras arde un cañaveral y ruedan quince o veinte neumáticos gastados, pendiente abajo. Y tú, morenita electrificada, sin saber que encima del Bershka más céntrico de esta ciudad se abren, cada día, las puertas y las piernas de una indiscreta casa de putas.

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