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avisos

23/11/2011

 

Soñé que me telefoneaba a mí mismo y no entendía mis propias bromas contadas desde el otro extremo. La chica que me vende el queso de cabra y la pasta fresca lleva el escote deliberadamente abierto y, como contrapeso, no para de limpiarse las manos con el delantal. Cada vez que hace o toca algo, por insignificante que sea, frota las yemas contra la tela, igual de blanca que al principio. Avisa que me vio el otro día por la calle, mientras paseaba escaparates, me salodó y yo no le devolví el gesto. No la vi, claro, casi nunca veo a nadie y menos a esa hora. El frío estira el cuello y prolonga la mirada en el vacío de un horizonte imaginario. No dice si iba sola, pero lo dudo.

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