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veinte

21/11/2011

 

Los domingos por la mañana, Madrid parece más viva y despierta que nunca, abierta de ojos, de voces y, a veces, como hoy, también de piernas, mientras Barcelona no termina nunca de abrirse al sol en el hueco vago de su bostezo. Su centro es un esqueleto despojado de carnes. Cafés y panaderías con las persianas caídas como legañas apegadas a un suelo transitado por el polvo. Japonesas, rusas, fotos frente a la reja metálica de una licorería. Mi teléfono vibra y su voz me dice que ya ha salido del metro, cabello y botas. Una furgoneta blanca y roncadora intenta demostrar que el tiempo es otro y que, esta vez, será distinto.

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