Skip to content

tubito

02/11/2011


Se ha sentado a merendar sin quitarse el bolso cruzado y la tira de cuero negro tensa su camiseta blanca de manga corta, trazando una ligera curvatura en su espalda. Se gira en rizos negros y me pide el azúcar que me ha sobrado, un cilindro estrechito de papel, intocado, perfecto, con la leyenda de la marca y una filigrana. Asiento, no me da tiempo a dárselo en mano, alarga el brazo pálido y lo toma ella misma, dándome las gracias. Intuyo la rotura del papel, por uno de sus extremos, y el vaciado, la breve cascada blanca sobre su taza. Observo el vaivén del hombro y el codo mientras hace girar la cuchara, agitación de leona en pequeños círculos. Luego, vuelve a coger el sobre vacío, rasga el otro extremo, sopla para que quede hecho un canutillo y, entre las risas de su amiga, simula esnifar los granitos de azúcar que han quedado esparcidos junto a la taza. Vuelve la cara y me mira, divertida, como pidiendo disculpas por tanta estupidez. La tira del bolso se comba un poco y despunta un seno bajo la camiseta. Su amiga estornuda un otoño en desconsuelo.

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: