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hijas de la lluvia

27/10/2011

 

La lluvia ha parido moscas gordas, pesadas, desorientadas y hambrientas. Te las vas encontrando aquí y allá, de una en una, como robinsonas desesperadas, supervivientes perdidas después de un naufragio lúgubre. En el cine, en el rellano, en la cocina, te merodean con la sorpresiva alegría de quien, al fin, encuentra algo vivo y caliente a que arrimarse. No se distinguen demasiado de nosotros, a pesar del mayor número de sus patas y de sus ojos desorbitados en espejuelos. Somos, cuanto menos, tan insignificantes como ellas que, por otra parte, tienen la notable ventaja de saber volar. Compartimos, sin embargo, tudas sus ruindades, perseguimos imponernos en número, despreciamos nuestra discreta pequeñez haciéndonos notar, aguijoneando a propios y extraños a base de molestas incursiones y, de poder alzar el vuelo, aprovecharíamos nuestro don para ir volando de mierda en mierda. Se acercan los comicios Tsé-Tsé.

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