Skip to content

bar del mercado

09/10/2011

Una monja de blanco toma el desayuno en la terraza. Dentro, la chica de la camiseta color pistacho se levanta para pagar en la barra. Espera con la mano en el bolsillo, ancas de trapecio y los senos de pera aún erguidos. Acaba de mantener una conversación sobre consumo ecológico, hablando de kilowatios y bombillas. Dos jubilados, sentados el uno frente al otro, reprenden al tercero, que llega tarde.

La camarera más joven, que en realidad se encarga de la cocina, sale de detrás de la barra con el delantal verde pegado a los tejanos y la camiseta ajustada, que definen las proporciones de sus esmeradas curvas. Queda otra camarera, algo mayor, ocupándose de la cafetera, mientras el único chico de servicio atiende las mesas.

La monja se ha ido, ha volado. Siguen entrando cuarentonas. El cielo es una arruga gris alcantarillado, me miro las manos. Debería cuidar esas uñas, estas pieles. Se diría que se me han roto las costuras.

La monja ha vuelto, había ido al lavabo. Podría ser, perfectamente, una humilde panadera.

Anuncios

Los comentarios están cerrados.

A %d blogueros les gusta esto: