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filipismo verbenero

03/09/2011


Este ha sido el verano de los pantaloncitos generosos, la San Miguel a 1 euro con tapita –al fin somos españoles- y el robo a cara descubierta de los derechos y las libertades, empezando por la sanidad y culminando con la Constitución en pleno. Tomen nota de las actas (catas) parlamentarías y sabrán quiénes son los ladrones.

La carestía nos ha devuelto a los veranos de los primeros ochentas, vacaciones en el pueblo de los yayos, piscina y juegos de tarde-noche en el parque –entonces, descampado- más cercano. Esos tejanos diminutos, los shorts que terminan en la ingle, las minifaldas a obra vista, tienen un aire a película francesa, italiana o española, según el contexto. Los echaré mucho de menos cuando la moda vuelva al escaparatismo y a la ceguera. No hay nada mejor que darse un garbeo de tarde de feria y cruzarse con todas esas estudiantes con alas bronceadas por debajo de su línea de flotación.

Las terrazas arcangélicas, con quinto y tapita a precio hecho, nos han traído un poco la vida de pueblo, con la oreja desenvainada para enterarse de las pequeñeces del vecino y el olfato rehuyendo húmedos alerones. Sabor de patata chip, oliva rellena y barrecha de supermercado, una chavalita que se amansa los cabellos clorados, con la goma del pelo como improvisada pulsera, y racimos de coches que pasan entre prolongados vacíos dictaminados por la burocracia de los semáforos.

Nos sumimos en un infantilismo VHS, en un mundo con la baja intensidad de las témperas y la fortaleza de la plastilina, mientras los charcuteros de los gobiernos, que ya se han repartido toda la carne y el pescado, empiezan a trajinar con el menaje y los electrodomésticos donde se ha ido cocinando esa sopa de ganso que nos hemos tragado como buenos imbéciles que somos. Siempre queda la esperanza de un sonado magnicidio.

 

 

 

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