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Ceniza sin fuego

05/06/2011

Rueda la cabeza de la mañana hasta los pies de la cama con los ojos cubiertos por esa cáscara de mugre que da el mirar sin ver y alumbrar desde el frío y la distancia. Una cabeza blanca como las plumas de los ángeles que quedaron degollados al atravesar el techo de cristal del supermercado. Se fundieron con la transparencia y su sangre lechosa regó los vacíos parterres donde cuatro escarabajos luchaban contra todo el peso del aire que les aplastaba el vientre.

Fue mucho antes de la insolación.

La cabeza de la mañana –que no se ha lavado los dientes- tiene los huesos quebrados, pero no sangra, ni mira. Ya no mira. El gato olfatea a su alrededor, poniéndole una corona de aliento que, ni en sueños, llegará a despertarla. Empiezan a pudrírseme las uñas, mientras arde el aceite en la sartén de una noche eterna. Ella y yo seremos ceniza. Ceniza sin fuego.

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