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>pálida duda

09/05/2011

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Tampoco yo creía en su existencia hasta entonces. Había visto el ataud blanco en uno de los cuartuchos del sótano de la productora, bajo la mesa de los ordenadores viejos. Allí nada se tira, ni se recicla, simplemente se acumula. Alguien comentó alguna vez que el féretro había sido utilizado durante el rodaje de un telefilme que jamás llegó a emitirse y que, una mañana en que tocaba zafarrancho de limpieza, lo llenaron con los equipos de la maquinista.
No son pocas las veces que la gente habla por hablar y, para su desgracia, tarde o temprano, se traga, una a una, sus palabras. Yo no creía en su existencia, pero me topé con su pétrea mirada en la sala de edición. Era la hija del productor, aunque podría haber sido su nieta. Jugaba tras la torre de los magnetoscopios, en el rincón de los cables. En esa sala hasta los muebles están torcidos, de modo que no debe extrañarnos que así crezcan también los pensamientos. El cableado se embarullaba enrollando un meollo que le servía a la nena de alfombra mientras jugueteaba con un torso griego de cartón piedra tintado en gris, al estilo ochentero. Sus pupilas marrones me observaron sin disimulo.
Se paseaba desnuda, casi siempre a veinte uñas, como una gata desgarbada y desdeñosa. Una tarde, sin que yo hubiera advertido aún su presencia, sentí que descorría la cremallera de mi pantalón. Sabía sacarle todo el jugo a la vida, a pesar de estar muerta. Tres veces escancié su garganta cimarrón y vaporosa. La seguí por pasillos y cuartos hasta verla meterse en el ataud blanco para dormir la siesta. Una duermevela que duró dos días. Cuando volvió a salir había palidecido un poco y sus ingles se habían poblado un tanto. Trató de repetir la hazaña bucal, pero sentí repugnancia de mi mismo. Salí al patio en busca de Zurita, un perro moteado y pachón, para que la chicuela se alimentara de su savia si gustaba de ello. Lo recibió al estilo del animal, cargando la embestida sobre sus parcas nalgas. La lengua del can drenaba sola, mientras su picha roja se engarzaba y separaba con la misma facilidad. El líquido denso y transparente como gelatina se descolgó raja abajo, manchurreando el suelo. No supé evitar mis ansias de conquista y tomé la plaza del norte a cojón retuerto y brinco dulce, sentí que me deshacía en languideces en el interior de su ano apretado y sucio.
Pasé demasiadas horas sólo en aquella sala durante aquel mes de agosto. Bien, no exactamente sólo. No era fácil aceptar los favores de aquella jovencita que apenas acariciaba el inicio de una adolescencia ultraterrena, a pesar de que todos dijeran que no existía y de que nada pueden hacer las leyes para castigar el encuentro venéreo con un fantasma.

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