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luna de agosto

09/05/2011

Aún no amanece. Salir a la calle a esta hora, sereno y, como quien dice, despierto te imprime en los sesos la forma insensata de un dédalo creciente, la sensación de andar metido en un laberinto oscuro y en plena formación. Arriba gobierna la luna y no hay forma humana de apartarle la mirada: absorbe todos los misterios, convertida en el único conducto de aire circular por el que uno puede arrastrase y escapar de este maloliente habitáculo. Pero se trata de una vía de escape impracticable. Sólo se puede huir hacia abajo, descendiendo los escalones que conducen al andén del metro con la esperanza de que no nos alcance el primer rayo de sol de la mañana, ese que indefectiblemente ejecuta al paseante incauto que lo recibe en la nuca.
Abajo la luz es sucia y el ruido infame. Desde hace tres días, sólo una rubia grande, firme y torneada me rescata del hastío del trasbordo y el interminable trayecto subterráneo. Se sube en mi misma parada liminar, atraviesa el inclemente pasillo entre estaciones y se sube en el mismo vagón que yo, no por mí, sino por ser el primero. Apenas sonríe, su mirada es cada día menos desdeñosa. Se baja justo una parada antes que la mía. Emergiendo a la palidez desconchada del día, la luna ya no es más que un coágulo anémico que se desvanece. Atrapado una vez más por el olor estanco del habitáculo, sólo la mujer Crumb y mi musiquita me libran de haber conocido ya todas las estancias de este infierno.

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