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lift me again

09/05/2011

Encerré el pajarito en el cajón. Ahora no cuento con cajones, pero antes disponía de muchos de ellos. Eran otros tiempos, otra casa. Al cabo de tres o cuatro horas, cuando descorrí la bandeja, tenía el pico destrozado de tanto golpear la vieja madera de pino con la punta. Le corté la cabeza con el filo de la cubierta de una gruesa novela de Dickens, juraría que eran los papeles de Pickwick. Me dolía verlo sufrir, con el pico sangrante. Cercenada a sangre, la cabecita dibujaba un óvalo oscuro en el centro de la palma de tu mano.
Mentira, nunca fuiste capaz de matar un pájaro. Aunque ahogabas hormigas en el interior de las cajas de cerillas, de eso si me acuerdo: cajetillas de pocos centímetros, con ciervos y conejos cinéticos dibujados en la parte de arriba. Lo aguantaban todo las tristes hormigas. En el bidón flotaban tus muñecos desnudos: el guerrillero, la india, el pirata, la exploradora. No, el pirata y la exploradora no llegaron a conocerse nunca. La caja de cerillas se mecía en la superficie, como resto de naufragio y tú la hundías con el pulgar, para que el agua se filtrara por alguna ranura e inundara el interior que enclaustraba dos o tres insectos desorientados, indefensos. Otras veces preferías agitar la cajita con violencia, para que el cuerpo diminuto de las hormigas golpeara aquí y allá. Después la abrías y examinabas los desperfectos, que siempre te parecían pocos.
Dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.

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