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09/05/2011

Tomó el bus que iba en la dirección errónea. Llevaba ventitrés horas despierto, no se le podía pedir más. Notó que el paisaje se iba despejando de edificios, que las calles se agrandaban, tornándose vías y carreteras. Preguntó al conductor y éste confirmó que, efectivamente, se había equivocado. Lo más sencillo sería no salir del bus, llegar al último apeadero, volver a sellar el billete y emprender el viaje de vuelta hasta alcanzar la parada de destino. Pero al chofer se le ocurrió algo mejor. Tardo una hora y media en dar la vuelta, explicó, pero si te apeas dentro de dos paradas y bajas caminando la calle que hay a la derecha de la estación, acabarás desembocando en tu barrio.
Bajar andando resultaba más apetecible que mantenerse desvelado una hora y media más en el interior del vehículo. Aunque, la verdad, nunca había pisado esa parte de la ciudad. La calle, surcada de coches aparcados y terruños despoblados, descendía curvándose hacia la derecha. Alguien debe haber dentro de alguno de estos coches, pensó, sin alcanzar a comprobarlo. Hubo un tramo con árboles y algo parecido a la hierba antes de alcanzar la primera bifurcación. De vez en cuando lo adelantaba un taxi o una motocicleta. Logró guiarse gracias a un par de letreros y prosiguió la marcha que, desde luego, iba a durar bastante más de diez minutos.
Bordeó un barrio en el que aún se mantenían en pie algunas viejas casas de planta única, al frente de las cuales había aparcado un ciclomotor escasamente resguardado. Se detuvo ante una especie de pequeña presa en construcción: le sedujo la caída del agua, la humedad del aire, el preludio, quizá, de una madrugada trágica. Pensó en quitarse la ropa y bajar a darse un baño, como hacen en las películas, pero, en lugar de eso, continuo el descenso en la palpitante oscuridad. En algunos lugares, las paredes se mantenían recubiertas de plantas trepadoras, en otros predominaba el ladrillo y el metal de las vallas provisionales. Por momentos se abría una boca de tierra a un lado de la calzada, un camino oscurísimo que debía conducir a alguna que otra propiedad mejor protegida.
Finalmente divisó terreno conocido, aunque, en la quietud de la noche, todo parece distinto y ajeno a las propias leyes. Cuando se metió en la cama notó que salivaba. Se le paró el corazón en un sueño mientras el de verdad continuaba latiendo.

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