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yo retrasé

04/02/2011

El último galgo patina y le come la cara al hijo de un guardia. En el suelo quedan esparcidas las garrapiñadas y un ojo añil y mustio, un ojo como de espumas. Andrea se arrodilla, sopla sobre el ojo y le aplaude. El ojo brilla, centellea, ve cosas. Andrea se queja del precio en el que han quedado instaladas las alcachofas. Íbamos a salir de fin de semana: leña, parrilla, carne y alcachofas. Pero nos quedaremos en el piso, qué remedio. Abajo tenemos el patio de la asociación de retrasados y la mañana del sábado juegan partido. Hace tiempo que fantaseamos con la idea de hacerme pasar por uno de ellos. Daría el pego, desde luego. Si tuerzo un poco la cara y saco los dientes no se me distingue del resto. Me gustaría jugar de delantero, patear la pelota y darle fuerte en la cara a una nenúfar que se pone de portera en el área contraria a nuestra galería. El último galgo se levanta, con un colgajo de piel entre los dientes, y sigue corriendo.

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