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Mariofanía All Stars

08/12/2010

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Unos ojos, las cuatro niñas vieron unos ojos luminiscentes, pero luego llegaron los mayores y dijeron que era la Virgen. No los ojos de la Virgen sino la Virgen misma, la Santa Madre de Dios.

Primero la vieron unos pocos, después centenares de fieles y, con el tiempo, se contarían por miles los testigos de sus múltiples y variadas manifestaciones. Entre tantos asistentes, un empleado de la compañía eléctrica de Sevilla al que, en los bares de ambiente, llamaban “La Voltios”, hombre entre cándido y disipado que, nada más pisar El Palmar, cae de rodillas y entra en éxtasis mariano y rupestre.

Clemente Domínguez no sólo ve, habla y escucha a la Santísima Virgen, también recibe la visita del hijo de Nuestra Señora, de su marido, del Creador Omnipotente que la fecundó y de los más diversos santos y eminencias del universo eclesiástico. No es el único vidente del Palmar de Troya, pero sí el más notable, no sólo por mantener tan estrecho lazo con la escatología católica, sino por obrar milagros tan sonados como la formación y multiplicación de sagradas formas, la precognición y la exhibición de ostentosos estigmas de los que la sangre llega a manar por litros.

En 1976, abierta la Transición política en España, un diligente arzobispo vietnamita aprovecha la desbandada para convertir a “La Voltios” en obispo, legitimándole como regidor principal de la recién fundada orden de la Iglesia Cristiana Palmariana de los Carmelitas de la Santa Faz.

Entre misas, misivas del Cielo, prodigios, curas y anticipaciones, Clemente Domínguez inicia un estrafalario apostolado que le permite recaudar inmensos caudales en vistas a la edificación de la ambiciosa Catedral basílica de Nuestra Madre del Palmar Coronada, dejando atrás los modestos orígenes de la orden, que se había instalado inicialmente en la sede de una antigua casa de prostitución de la sevillana Calle Redes.

Pasados dos años, tras la celebración de extraños cónclaves, Clemente es nombrado Santo Padre con el irrespetuoso nombre de Gregorio XVII y aprovecha el pontificado para canonizar a lo más granado de la ultraderecha española, al tiempo que excomulga al legítimo pontífice vaticano y al mismísimo Rey de España, además de un nutrido número de enemigos y disidentes.

Para entonces, el Papa Clemente ya está ciego. En un accidente sufrido en una carretera del norte, a su vuelta de un viaje a Francia, dos astillas de vidrio le atraviesan los ojos. Ningún otro ocupante del vehículo sufre daño alguno, solo sus ojos, los ojos que han visto a la Virgen, a Cristo y a tantos santos. Unos ojos que él vaticinó que volverían a crecerle por mediación divina, pero que debieron de crecerle por dentro, porque Gregorio XVII falleció hace cinco años sin volver a ver este mundo, aunque asistía a diario a visiones y comuniones místicas.

No debió de ser, sin embargo, Gregorio XVII, un interlocutor demasiado del gusto de la Santísima Virgen. Aún no habían transcurrido los tres primeros años de su pontificado cuando, rejuvenecida y bellísima, la Madre de Dios decidía probar suerte con nuevos intermediarios terrestres. Desentendiéndose del trasiego político ibérico, probó suerte en los Balcanes, cuando empezaba a perfilarse el tramo final de la Guerra Fría tras el telón de acero.

Entre montañas, en una colina de Medjugorje, en Herzegovina-Neretva, flotando en el ambiente la característica fragancia a rosas que suele encender su presencia trascendente, María adquiere el aspecto de una joven de indescriptible belleza que porta en sus brazos un bebé muy bien arropado.

¿Quién la ve primero? Una adolescente.

Una tarde de verano, la chica queda arrodillada y rígida, mirando fijamente la figura de la aparecida. La amiga que la acompaña pide ayuda a otras vecinas de tierna edad que, alarmadas por el fenómeno, acaban llamando a un par de amigos, también adolescentes, a los que sorprenden regresando a sus casas después de ver la retransmisión de un partido de baloncesto.

Los dos muchachos encuentran a la primera vidente y a las demás chicas postradas en éxtasis frente a un punto de la colina en la que resplandece la bella joven con el bebé en brazos. La figura les invita a subir, como ha subido el resto de la muchachada, no se sabe si levitando, volando, flotando o por algún impulso motor aún inexplicado…

Los dos chavales se miran y huyen despavoridos a sus casas. Uno de ellos, Iván, se encierra en su cuarto a cal y canto y pasa la peor noche de su vida. Aterrado, teme que aquella figura inconcebiblemente bella y fulgente pueda aparecérsele en la soledad de su cuarto. Tiembla. La Virgen es como un monstruo de bondad y belleza que le aterroriza. Esa buena virgen, esa Reina de la Paz que, desde entonces, no hace sino transferir mensajes de calma, fraternidad y sosiego, le tiene ahora paralizado de miedo.

Millones de personas han visitado ya los montes perdidos de Medjugorje y centenares de ellas se han convertido al catolicismo al respirar aquel clima de sublime recogimiento espiritual, aquel infinito recogimiento que emana de un valle que, misteriosamente, jamás fue encontrado por las tropas enemigas durante las guerras balcánicas, siendo uniformemente respetado por genocidas, rapaces y bombas.

Los videntes, los elegidos por la virgen para transmitir su palabra, son gentes del valle, con su oficio y su vida de siempre. ¿Para qué buscar mejores representantes cuando Ella misma ha dicho: “Yo no elijo siempre a los mejores“?

Nosotros tampoco, son escasas las ocasiones en que elegimos a los mejores. Si nuestros gobernantes tuvieran algo de talento, se habrían dado cuenta de que tanto en El Palmar como en Medjugorje se levantan enormes templos que dieron de comer a arquitectos, albañiles y aparejadores. Existen pensiones, rutas de peregrinación y todo tipo de recordatorios para su venta. María nos da claras directrices para emerger del escollo económico en que nos hallamos, ¿alguien se detendrá a escucharla?

[Publicado en El Butano Popular el 8 de diciembre de 2010]

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