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democracia de mercado

11/08/2010

Durante los años que siguieron a la dictadura, la derecha propagó una soflama, según la cual, aquello de la democracia –y después lo de las autonomías- no era más que un mercadeo baratijero, una manera de repartirse el pastel con ínfulas de libre albedrío electoral. Ahí están todas las novelas y adaptaciones de Vizcaíno Casas para quien quiera bucear en nuestro vergonzante pasado inmediato.
No vamos a negar que parte de realidad tenía el discurso, lo que ocurre es que a aquella derecha rancia, acostumbrada a las regalías del Pardo, se le olvidaba añadir que lo único que les preocupaba de ese mercadeo incipiente era que estaba socavando su monopolio de casi cuarenta años.
Siempre ha sido el derechazo un camino de mentiras y medias verdades. y sólo hay que ver un par de minutitos –más provoca cáncer de inteligencia- esa mierda de tertulias y gags tristísimos de Intereconomía para cerciorarse.
Aquel discurso tan valenciano y derechón de la camada de Vizcaíno Casas empapó por momentos la producción de otro creador de raigambre levantina, el más cabal y bienhechor Mariano Ozores que, en ¡Que vienen los socialistas!, traspasa ciertas ideas de Bienvenido Mister Marshall a los momentos previos a las elecciones del ochenta y dos.
Tras el fiasco de UCD, las encuestas señalan que el PSOE ganará las elecciones por mayoría simple y todo el espectro conservador teme una política de fagocitación estatal de la propiedad privada. Temerosos de perder sus bienes materiales, los dirigentes de los distintos partidos de una ciudad de provincias, desde el socialdemócrata al demócrata cristiano, pasando por liberales, clericales y monárquicos, tratan de untar al representante socialista para no resultar perjudicados por las medidas que pueda llegar a tomar el futurible gobierno de izquierdas.
En el fondo, un argumento bastante realista que también aporrea el yugo del matrimonio y sólo deja bien parados a los socialistas de toda la vida, fieles a los ideales de Pablo Iglesias, que -supuestamente- jamás se dejarían vencer por la tentación de semejante comercio de votos.
La puya ozoriana es doble pues no sólo deja en evidencia la venalidad de la derecha, sino también la ilusa credulidad de buena parte del proletariado, que llegó a creer realmente que el gobierno del PSOE le quitaría lo robado a los ricos para repartirlo entre los pobres; que esas cosas se oían en el mercado y las plazas del barrio, y más de una señora soñaba con recibir un coche o un chalecito que Felipe González le habría expropiado a algún ricachón. Habría que ver de cuántos coches y cuántos chalecitos dispone hoy el señor González.

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