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yo, el bárbaro

10/08/2010

En la oscuridad, regresando a la casa de las piedras de vidrio, tras haber atravesado una nube de cantos de grillo, me apoyo en el muro sin ver al caracol que lo trepaba, que cae al suelo y perece aplastado.
Soy un bárbaro que no comprende a las mujeres ni a las bestias.
Gruño y me enojo, me doy cuatro voces a mí mismo, replico a peor, suelto las frescas…
Un descalabro de carácter, sí señor, una barahúnda de humores,
y Fulci que se desmadra y llena la casa con sus efluvios machunos,
hasta el punto que tiene uno que llegarse a la veterinaria.

– No, no, nada de infección. Marca territorio. Claro, como no está castrado.
– ¿Y no se puede hacer otra cosa que no sea cortar por lo sano?
– Están las hormonas, pero no siempre funcionan.

¿Hormonas?
Me imagino al bueno de Fulci convertido en Carmen de Mairena.
Nada de hormonas.
Quedamos en que lo traigo el lunes por la mañana a que le hagan lo que le tengan que hacer y, entre tanto, Fulci se desquita con un par o tres de meos hirientes.
Paso día y medio en la casa de los vidrios,
se me jode el teléfono móvil,
pero escribo, me baño y me río, que es lo más sano.
Y, el lunes, con Fulci a la veterinaria.
Corti corta y me lo dejan arregladito, mientras me agencio otro teléfono.

– Ya puede pasar a buscar al gato en eso de una hora, a eso de las tres. Todo ha ido bien.

Me dicen que le abra la puertita de la jaula al llegar a casa, que ya saldrá cuando quiera, que estará atontadete todo el día y que no le pongamos de comer hasta eso de las siete.
Pero,
al llegar al piso y abrirle la portezuela,
sale en un santiamén, con el culillo torcido, como emborrachado, y tira directo para la cocina.
Reclama su alimento.
Un culo de latita le ponemos y se lo zampa.
Y se queda toda la tarde y la noche entera amodorrado, con un ojo abierto, cerca de los platos del pienso y del agua, por miedo a que desaparezcan, como ocurrió la madrugada anterior, por prescripción facultativa. Diez horas se pasó sin comer y dos sin beber antes de la operación.
No permitirá que vuelva a suceder.
Vigila.
Sabe que soy un bárbaro, pero,
aún así,
se frota la cabeza en mi tobillo,
alza los ojos y me llama guapo.

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