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la bala imaginaria

07/08/2010

Toda la grandeza de Lee Marvin se concentra en ese último gesto de Charlie Strom apuntando al aire y encogiendo el dedo, intentando apretar el gatillo y morir matando, cuando en realidad acaba de dejarse la pistola unos metros atrás. Toda su grandeza en ese gesto letal, fundido con el desplome, con la pérdida de su vida y de su sueño dorado.
Marvin posee uno de los rostros más fascinantes que jamás se haya visto en pantalla. Mirada y rictus, presencia, el modo de caminar, de sentarse contra los muebles, de golpear o desplomarse…
Cuando su corazón se detuvo –pronto habrán pasado veintitrés años-, entristecí de verás. Lo mantenía especialmente fresco en su papel de vagabundo en El emperador del norte, de Aldrich, aquel duelo salvaje con el gran Borgnine.
¿Cuántas veces habíamos visto caer a Lee Marvin víctima de uno o varios balazos? Liberty Valance, Vince Stone, Jimmy Cobb…, todas las edades del criminal abatido por el plomo. Y, ahora, el hombre sin corazón moría de un paro cardíaco. Hemingway, escritor de The Killers, se había pegado un tiro; Don Siegel, director de la película, fallecería cuatro años después como consecuencia de un cáncer… A él le pudo el corazón, los hombres duros se quiebran de golpe, no saben morir despacio.

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