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dos colonias perdidas

02/08/2010

Explosión e implosión, ir a la caza y muerte del fantasma o exorcizarlo en el epicentro del propio hogar, la peripecia del cruzado y el misterio de Barbazul, el aventurero y el hacendado, la escocesa y la inglesa, la pelirroja y la morena, la viuda y la recién desposada… Dos modos de apresar y expresar la fantasía colonial que a Occidente terminaba de escurrírsele entre los dedos.
Hollywood siempre supo encontrar la clase en Europa, sobre las aristocráticas tablas británicas, ya fuera para atravesar el continente africano en busca de un hombre y unas minas, ya para explorar la debilidad de las pasiones humanas en las plantaciones de té asiático.
Vistas con cierta continuidad de días, Las minas del rey Salomón y La senda de los elefantes ofrecen perfiles cercanos pero desiguales sobre la naturaleza de la colonización y, ante todo, sobre la sustancia de las relaciones entre hombres y mujeres.
La formidable aventura de Bennett y Marton nos presenta dos almas gemelas, cercanas a la misantropía, que huyen del desencanto por la vía de la verdad y la autodestrucción, un camino que revierte intenciones y termina por abocarlos al uno en brazos de la otra. Con felino sigilo, el argumento logra que el espectador desee con firmeza la muerte del esposo de la protagonista para que ella pueda enlazar su destino con el del hombre que le sirve de guía.
Sin embargo, Dieterle plantea una historia de tono bien distinto, más cercana a la fantasmagoría y al misterio que a la aventura. La joven librera londinense que la protagoniza se descubre apresada en un palacio oscuro, casi de ultratumba, del que sólo la podrá liberar la potencia bestial de los elefantes. Por momentos, uno también siente la necesidad de que esa mujer de cuerpo delicado y espíritu poderoso se eche en brazos de su segundo pretendiente. Pero, reconducidos con delicada inteligencia, nos vamos dando cuenta de que su esposo padece la enfermedad contraria, su vitalidad física alberga una gran debilidad interior que ella logrará corregir. Ella y la desgracia… Dos monumentos a la complejidad y grandeza del espíritu humano.

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