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te quiero, pero no fui por tostadas

01/08/2010

Este edificio emana algo insano, semeja tener no más de cuatro plantas y remonta hasta siete, o eso es lo que indica al menos el panel del interfono con sus botones cuadrados y dorados que no funcionan. Subo. Me encuentro con una adolescente morena tirada en un rellano, tal vez en el peldaño de algún tramo de escalera. La cargo sobre mi hombro porque parece perdida en una pesadilla peor que la mía. Nos acechan extraños cadáveres larvarios, latentes, envueltos en lo que parecen hojas secas de palmera y que, en cualquier momento empezarán a reptar, a ponerse en pie, a buscarnos en sus propios dominios. En la tercera o cuarta planta, un hombre se baña con dos adolescentes rubias en el interior de una enorme bañera que podría ocupar la extensión de dos habitaciones. Es un ritual, una limpia. Dejo a la morena bañándose entre el vaho del agua cálida y las espumas. Hay algo ahí, tras las columnas. Debo ir a algún sitio con C. Nos juntamos tres o cuatro bajo la señal de STOP de la calle de abajo. Pasa JM, envejecido, con un grupo de alumnos, y nos decidimos a acompañarles al museo. Allí me doy cuenta de que llevo puesto el pijama verde agujereado y raído. Por eso JM me miraba de ese modo incomprensible. Te quiero –le digo a mi chica sobre las sábanas frescas de la primera mañana-, pero no he ido por tostadas. Estoy solo.

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