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la cosa lenta

30/07/2010

La chica de las calcetas y la falda de colegiala se aleja cruzando la plaza entre el estruendo danzante de los skaters. Pero la vuelvo a encontrar al cabo de unos minutos, espera a algún chico en la boca de la estación de trenes. En reposo pierde parte de su encanto, eran los andares los que dotaban de gracia a esa cintura, a esas pantorrillas entusiastas.
¿A quién se parecerán más esos chavales del monopatín? ¿A Brian o a Alex? Sin duda al segundo, con sus mirada bovina, su dejarse hacer, su alta moda de calle y su follar por follar, con goma y porque lo pide ella.
En cambio Brian tiene un punto subversivo, de delincuente por amor al arte. Es leal, fiel, perseverante. Una frase le define como ninguna otra: No sé qué es peor, ¿sabes? Que te vuelen en una guerra nuclear o que haya un supermercado en cada esquina.
La pronuncia justo después de que le haya confesado a su hermano: Te diré lo que pienso. Los adultos son previsibles. Ellos viven siempre con la ilusión de que la vida que conocemos va a continuar para siempre. Así que esperan que te comportes como si lo que hagas hoy vaya a influir en cómo serás dentro de treinta años. Tío, es ridículo pensar que pueda existir algo dentro de treinta años.
Brian es una suerte de inadaptado que hace la guerra por su cuenta. Dieciocho años después, Alex es pura inercia, carne de centro comercial en medio de una película estéticamente más cuidada, con esos melódicos e interminables deslizamientos de la cámara superlenta sobre el efébico rostro de ojos claros observado con desapasionado apasoliniamento chillout.
Brian mola más, es más bravo, aunque su película adolezca de los peores males del cine ochentero. Pero Alex se asemeja mucho más a estos chavales que brincan y aporrean sus tablas contra el cemento liso, los bancos, los bordillos y las jardineras.
La chica de las calcetas negras y la faldita a cuadros sigue esperando, cien metros más allá, a su chico de esquina. Yo desciendo escaleras y me meto en el vagón. Se sienta frente a mi una rubia de pechos duros y cumplidos sobre los que resuella un crucifijo de plata. Tiempo después, a su lado, cruza las piernas una morenita menuda y sugerente aprisionada entre el bullicio de unos auriculares que perrean. Leo mucho más tranquilo.

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