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De Sant Jordi y esos tristes pobres de espíritu

26/07/2010

No he visto yo todavía en ningún parque zoológico esos pintorescos dragones que unen el apetito erótico al apetito gastronómico, y que, echando grandes llamaradas por lo ojos y la boca, solicitan a diario para su desayuno las tiernas carnes de una doncella de la buena sociedad. Según autores muy ortodoxos, el dragón de Libia, a quien dió muerte San Jorge cuando iba a lanzarse sobre la hija del rey, no era tal dragón, sino un símbolo de las tentaciones y una imagen del demonio, lo que, lejos de empequeñecer la hazaña del caballero de Coventry, constituye su verdadera grandeza. Un señor inglés, sin embargo, presidente de una sociedad protectora de animales -todos los animales, excepto los dragones-, le dice al prefecto de París, en una carta contra las corridas de toros, que los toros bravos no existen realmente, puesto que su bravura es una creación artificial y no un producto de la Naturaleza, y por esta razón el torero, lejos de ser un héroe como San Jorge, es un vulgarísimo asesino.
La contradicción salta a la vista, ya que no se concibe fácilmente que haya en el mundo quien crea en la realidad de los dragones sin creer en la de los toros; pero nada más lejos de mi ánimo que la idea de equiparar a ningún torero con el patrón de Inglaterra. Lo único que yo quisiera es demostrarle al corresponsal del prefecto de Policía de París que eso de poner un gesto caballeresco al servicio de una mala acción creando con cuidados exquisitos unas bestias feroces, sin otro objeto que el de desembarazar luego de ellas a la Humanidad, no es una paradoja tan española como a él le parece. Es, más bien, la paradoja universal, señor Smith, y es una de las más brillantes paradojas inglesas. ¿Qué más dará hacer toros para matarlos que hacer pobres para socorrerlos? ¿Por qué ha de ser más humano que el enfurecer a unos tranquilos y pacíficos rumiantes para, una vez enfurecidos, librar al mundo de su ferocidad, al convertir con análogos propósitos a tantos hombres infelices en rabiosos y desesperados?
Desengáñese el señor Smith. Hay que acabar con los males sociales, para lo cual, naturalmente, lo primero es producirles, y así, una corrida de toros, moralmente considerada, viene a ser exactamente lo mismo que una fiesta de caridad. Convengo, sin embargo, en que existe una razón para que las corridas de toros le parezcan menos morales al señor Smith y a tantas otras personas que las fiestas caritativas, y es la razón sencillísima de que constituyen un espectáculo bastante más hermoso.

Julio Camba, Sobre las corridas de toros, en: Sobre casi todo. Madrid, Espasa Calpe,1946.

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