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catalan dreams

25/07/2010

Un blanco pueblo playero de la Costa Brava. Me encuentro en la primera planta de un edificio de dos pisos, una pensión de apartamentos. Asomado a la galería, que da a un zaguán, veo la puerta entreabierta del cuarto de baño que hay en el rincón inferior derecho de la planta baja. Una turista rubia se dispone a ducharse. Sabe que la miro y se demora en cerrar la puerta.
Sé que unos pasos a mi derecha, en una de las habitaciones, me aguarda una morena en biquini a la que tampoco conozco.
De noche, deambulando por avenidas, anticipo mentalmente dónde hay una mujer aguardando la llegada de mis labios, de mis manos y mi sexo. Entro en el primer pub. Puertas iluminadas de maderas nobles. Me interno directamente en los lavabos y allí está ella con su vestido corto, entre esplendores de grifería y azulejos. Despierto.
Nadie entiende la razón, pero quise ser torero y lo he conseguido. Visto de luces. Detrás del portalón me aguarda el novillo, al sol de la plaza. Me ha costado lo indecible llegar hasta aquí, desoyendo el consejo de familiares y amigos. Y ahora, yo solo me apercibo de la fatalidad de este trance: soy demasiado lento y las reses bravas demasiado impetuosas. La cogida será inevitable, la prefiguro en mi mente, imaginando la arena radiante y la bestia aguardando mi salida. Pero ya es tarde para echarse atrás… El despertador me libra de una cornada segura.

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