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¡caracoles!

25/07/2010

El gran Fulci tenía estas cosas, cuando menos lo esperabas te salía por peteneras y con productos de la tierra, que son los mejores. Podía haber empleado ratas, murciélagos, cucarachas o arañas, pero no, eligió los gasterópodos. Un año antes de que Juan Piquer Simón convirtiera las babosas en reinas del gore de alcantarilla, el maestro romano se saca de la manga el asesinato nigromántico transmigrante con caracoles, y ahí tienen a esa presumida alumna interna tumbada en bragas en su habitación, sin poder moverse, mientras una montaña de gordos caracoles remonta sus muslos, sus senos, su vientre, su cara, hasta dejarla sin aliento.
Esos caracoles le sientan a uno de maravilla, teniendo en cuenta lo rara que resulta tan escabrosa película en su conjunto, con esos ramalazos de amor al arte y una vocación adolescente que la satura con iconos del momento. Entre banderas con las barras y estrellas, tabaco americano, arte renacentista y barroco y pósters de Cruise y Stallone, emerge una húmeda y dúctil marea de caracoles homicidas. Bendita sea el alma del artista.

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