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otra cosa

21/07/2010

Hora de hembras agitadas que trotan por miedo a perder el autobús y retrasarse en el comienzo del turno, mujeres a caballo entre el segundo y el tercer digito, taconeando en mullida carrera, mientras la tira del bolso les rebota entre los desbocados senos. Un sol manchego, de queso que se derrite sobre la calva mansa de los conductores, una claridad blanca amarilla, como un gas harinoso que irrita las gargantas, las quema por dentro y las sonroja por fuera. Nalgas fundidas en sudor con la tela blanca de los pantalones, pendientes, collares, zapatos que aprietan, canalillos rehogándose en la bruma de su exudación, ojos tristes de ir a pasar la tarde entre cuatro muros, papeles, plásticos o productos de limpieza. Malestar de menstruación acalorada, pecas de otros veranos, de estaciones mejores en que se podía ir a mojarse el sofoco a la piscina o a la playa, pecas sobre un moreno de albañil, peinados apenas domesticados por una mala goma, suspiros en seco que acompañan el rancio quejido de los frenos del autobús. Suspiros que no son de amor, sino de hastío, de querer ser y estar en otra parte, de querer vivir, que esto es otra cosa.

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