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memoria baja de El Pirulo

15/07/2010

Majín Garduña “El Pirulo”, novillero temprano y de casta, bilbaíno de fe y complexión, manchado de viruelas y emigrado por fortuna a Salamanca por traslado de su padre leguleyo. Allí se fue metiendo solito en el mundo del toro. El mocerío alborotado le veía cuajar sus buenos pares de banderillas sobre la chichonera del manso, en los campos de gravilla. Se lo pagaban con hartos cachos de morcilla, picadura y tragos de vino blanco. No le faltaba al Pirulo nada en su casa, aquello lo aceptaba por camaradería de barrio, para que ninguno se sintiera menos. Fumaba más que bebía, le sobraban pulmones. Una tarde lo corrieron a buscar los de la Quinta del Penas y lo invitaron a huevos con chorizo antes de bajarse al río a lavarse con parsimonia de gato. Luego se fueron todos juntos a donde las higueras, trajeron al mulo que le habían robado a la gitanada y le animaron a llenarle los dientes de capotazos. Tres y cinco dio, si no siete o nueve, pero en uno de esos –el último- le hincó el animal la pezuña en las concavidades del ojo izquierdo, derramándoselas para dentro, y muerto quedó de la coz el pobre Pirulo. Me contó la Noelia que lo echaron al río y, entre unos y otros, le compusieron la culpa a los gitanos. Uno se quedó sin tripas a media legua de Santa Marta. Dios le tenga en su Gloria.

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