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Pero, aquí, ¿cuándo se folla?

11/07/2010

Escribió Claude Seignolle un relato llamado Le Galoup que narraba el desarrollo de una batida contra hombres lobo desde el punto de vista del licántropo. Acosada por hombres armados y perros rastreadores, la bestia maldita iba pincelando un retrato sarcástico de la débil personalidad humana, pero a quienes despreciaba con mayor arrojo era a los perros, a los que veía como a lobos desbravados, hermanos traidores que, habiendo nacido de la misma raza que ese lobo sediento de sangre de oveja, se dedican ahora a cuidar rediles, a lamerle la mano al hombre y a ayudarle a cazar al hermano lobo por mera comodidad de saberse al lado de la raza armada, cuitada pero poderosa.
Pues bien pudiera ser que un Drácula o una Carmilla se pronunciaran en idénticos términos en relación a esos vampiritos de horchata y gaseosa que hacen defile de modas en la saga de Crepúsculo. Metrosexuales eunucos, vampiros sin pene cuya fortaleza se reduce al numerito de feria: abollar y desabollar la carrocería de los coches y encaramarse a ramajes y tejados.
Lo más ruin de esos vampiros “vegetarianos” ya no es siquiera que hayan renunciado a beber sangre humana, sino que se alíen en plan montonero para aniquilar a los de su especie. En ese sentido –y en tantos otros-, Crepúsculo es un fiel reflejo de nuestro tiempo, de una manera estúpida de malentender la naturaleza y de una tendencia general a aniquilar la tradición en beneficio de la comodidad aséptica y sin nervio.
Como relato romántico, como novela rosa para adolescentes, no se limita a sublimar el impulso sexual, erótico, intenta algo mucho más perverso y nocivo: desactivarlo. Aquí no folla ni el padre, ni la hija, ni el Espíritu Santo y, además, todos hacen lo imposible para no consumar. La metáfora trillada y evidente alcanza cotas de una descojonación humillante, impregnando al público adolescente de una represión sexual malsana y desproporcionada. El delicado vampirito protagonista sólo muerde a la chica para sorberle la ponzoña que le ha inoculado otro chupasangres, quizá eso deje al menos abierta una pequeña ventana al libertinaje y las tiernas adolescentes, que rebosan los cines para ver la saga, entiendan que es extremadamente necesario sacar a tiempo los venenos y tal vez nuestro mundo cuente con una nueva generación de espléndidas chupa pollas. Suerte muchachos.

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