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serena sonrisa

09/07/2010

Tres meses llevo huyendo de mi mismo y ni siquiera he procurado cavarme una trinchera en la fosa común de la misantropía, la misoginia, la acritud, el odio. La bruma es espesa como la sangre, el calor hiere, pero también ciega, no es ese dolor agudo que aviva los sentidos, sino que los deprime, adormece y anula. Consigo levantarme razonablemente pronto y escribir un poco, aunque hay un texto que se me resiste, se diría que se ha trepado a lo alto del armario de la inteligencia y, por más que estire los brazos y tienda los dedos hacia él, recula y recula. Mañana entraré a matar y lo puliré, aunque haga falta para ello media docena de descabellos. Hoy salgo a navegar, me ahogo en esta isla. Fulci me regala su ronroneo de dios adormilado, señorial y bien nacido. Ha crecido en belleza y predominio. Fulci es una serena sonrisa de pelo que conjunta muy bien con mi corazón y con las flores del balcón. Mira hacia los bajos de la calle con holgura de demiurgo bienhechor, amante de musicalidades escondidas. Por lejos que huya, su dulzura tranquila y sus pelos me acompañan a todas partes. No lo merezco.

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