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08/07/2010

Hielo, café y azúcar. Treinta y tres grados a la sombra, una sombra tórrida, recalentada, espesa y sedienta. Shakira temblequeando su meneo de gola en la radio, camiones y autobuses que se adelantan unos a otros con la lentitud de una mosca de tres patas y ese árbol asándose bajo la canícula. En el retrete alguien ofrece su polla en diáfanas letras negras. El que guste puede llamar a un número de teléfono, probablemente el del mejor amigo del anunciante. Una noche, un amigo estuvo a punto de enviar el mío a uno de esos chats nocturnos de la tele local. Llevo mis buenos diez minutos mirando fijamente esa silla y te puedo asegurar que se ha movido sola quince o veinte centímetros hacia la derecha. Le debe de estar ocurriendo lo mismo que al resto del país. Una pena. Y lo peor de todo es que lo sé, no debería leerte, pero te leo. No sé si debería amarte, pero te amo. No resulta nada razonable desear separar tus piernas y hundirme en un beso largo en tu segundo corazón. Mi faro sigue encendido, deseando embocar la nave de tu olvido, marea bruta, bahía de espumas eléctricas. Cachondo perdido, sentado a la mesa de este bar desierto, huelo el calor de la otra orilla de la calle, playa donde toman el sol las palomas muertas. Hielo, café y azúcar.

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