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Bruno Salvatore

07/07/2010

Tenéis razón, yo nací viejo, picado y rijoso. Por mucho que me fascinen esas historias de adolescentes destrozamundos, escribo siempre desde esa trinchera distanciada que da la última edad. Por eso debo de sentirme tan cercano a Salvatore / Bruno, el anciano protagonista de esta novela. Vengo a ser como él, yo también vivo con mi nieto, sólo que nieto y abuelo cohabitamos a un tiempo este mismo cuerpo que ahora teclea, sin intersticio para madureces ni plenitudes: del niño al yayo y del yayo al niño.
Bruno Salvatore será un hermoso pséudonimo llegado el momento, un oscuro salvador para sortear los escollos de la mala vida. El mundo parece haberse detenido a la peor hora, como si le hubiera caído encima una huelga universal de basureros, y el desperdicio interno se va acumulando en la mente de las gentes. Cada día pesa un poco más, cada día más hundidos. Calor, lumbre en el hocico, oxígeno seco y ardiente. Mis ojos son incapaces de reconocerse en el espejo, se desdibujan. Cuando pasan frente al bar y miran adentro, ven un escombro. Añoran el azul, el suyo y el mío, tal vez se olvidaron de nadar a contracorriente. Ponte los manguitos Brunettino, pégate una ducha, Salvatore. Hay que ver caer a los tedescos.

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